sábado, 12 de noviembre de 2011

de mil piezas.

Ella lo sabía, casi por casualidad había descubierto el secreto...
No sabía si publicarlo o guardar ella también aquel protegido descubrimiento, era un secreto que sólo conocían las madres, y que solamente estaban capacitadas para desvelarlo cuando sus propias hijas fueran a serlo también.
Ahora ya sabía que cuando nacíamos todos y cada uno de nosotros esas, nuestras madre, nos hacían pasar por una especie de cinta transportadora similar a la de los supermercados que cada día veían pasar por su parte superior miles de productos alimenticios, y conforme avanzábamos iban metiendo en una caja que ponían a nuestro lado al inicio de esa cinta las cualidades, defectos, aptitudes y funciones que querrían que desempeñásemos a lo largo de nuestra vida.
Al inicio de esa cinta también elegían la caja que querían para nosotros. Habían cientos de cajas diferentes y dentro se movían sin demasiada cordinación una serie de pequeñas piezas que variaban en número...sí, el número también era algo que ella decidían. Había madres que escogían cajas de unas 100, como máximo 200 piezas y una vez que éstas fueran encajadas todo cobraría sentido en la vida de su pequeño. Otras que elegían piezas maleables, es decir, piezas que aunque no encajaran perfectamente y supiesen que esa no es la que verdaderamente están buscando harían un efecto similar en la estructura para así ahorrar una gran cantidad de trabajo. Todo eso podría compararse a un puzzle, puzzle sería la analogía perfecta.
Se podía elegir entre algunos con figuras claramente diferenciadas que facilitaban el montaje y otros con una gama de colores tan similar que difícilmente se podía discernir donde acababa uno y comenzaba otro.
Y cada uno tenía su particular puzzle, tapiz que se encargaba de montar inconscientemente a lo largo de los día.
Ella sabía que su madre había sido ambiciosa y le había asignado un puzzle complejo, de esos que rozan las mil piezas, casi para expertos.
Era un puzzle con piezas duras y las hendiduras en cada una de esas pequeñas teselas eran demasiado similares. Rara vez colocaba una ficha a golpe de ojo, y debía probar a solaparlas casi una por una, de ahí que desechara tantas veces piezas que parecían encajar perfectamente, pero eso era todo...parecían.
Había días en los que el puzzle se complicaba más de la cuenta y la luz se hacía insuficiente para diferenciar entre ellas las cientos de piezas que para colmo se encontraban en una misma gama de colores. Días en los que simplemente debía quedarse quieta, observar el tablero y no mover nada, era entonces cuando la pieza perfecta aparecía, pero el éxito del mismo consistía en aceptar el logro sin detenerse demasiado para seguir encajando piezas pero sin olvidar la grata sensación de satisfacción.
Todos, exactamente todos tenían puzzles, y la mayoría de madres habían colocado la ficha del amor en el centro del mismo. Era la pieza radial, el origen de todo.
Da igual si pierdes una pequeña porción de la parte inferior izquierda, pero en centro del puzzle, el centro es algo que no puede faltar.
Y por eso, durante todos estos años había procurado hacer lo que la mayoría, había estado buscando entre esas mil piezas la pieza central, la perfecta, la que encajara con las de su alrededor de forma milimétrica pero sin colocar todavía las mismas, error, grave error...
Sabía que de pequeña siempre había buscado primero las 4 esquinas, tarea fácil puesto que eran 4 fichas totalmente diferentes al resto con dos de las cuatro caras planas, y de ahí en sus puzzles de niñez esos que montaba de forma consciente, pasaba a la parte de los bordes. Sí, los bordes también se diferenciaban fácilmente  puesto que eran distintas a la gran amalgama de piezas que constituían la parte central. Una vez formado el esqueleto exterior comenzaba a encajar piezas, siempre de fuera hacia dentro, creciendo en espirales, por capas rectangulares, siempre era el mismo proceso. Y cuando ya estaban todas colocadas, siempre quedaba una, la última pieza, de la última espiral, del último rectángulo que constituía el puzzle. La pieza del centro, la que completaba el dibujo y la que se colocaba con la mayor satisfacción del mundo. Era señal de satisfacción al haber finalizado algo con éxito y de dar inicio a algo que contemplar.
No era lo mismo dejarse para el final una esquina, que dejar para el final la piececita que tapaba justo el agujero central.
Y entonces se dio cuenta... cuando montabas el resto la pieza central se delataba sola, no tenías que buscarla hasta no haber montado y puesto en orden el resto porque probablemente no fuera la correcta y te dieses cuenta de ello mucho tiempo después, lo que rompería en mil pedazos la ilusión ya creada, y haría perder el ánimo por seguir buscando.
Sabía que debía montar el resto, y que cuando finalizase, solo quedaría una pieza, que en ese caso encajaría perfectamente, sin lugar a dudas.

martes, 1 de noviembre de 2011

un, deux, troix.

Aquella noche ni el maquillaje, ni su nuevo Louis Vuitton, ni aquella fiesta llena de luces rosas, que digo rosas, luces de todos los colores evitaron que se pusiese a pensar en lo de siempre.
Pensó entonces en ese número que desde hacía meses no se le iba de la cabeza, tres...
Reparó en los treses que había vivido en su historia y que le habían hecho realmente feliz.
Tres, eran esos los reyes magos. También eran tres los sobrinos del tio Gilito, las chicas venidas del cielo que trabajaban para Charlie. Los BeeGees y por supuesto los mosqueteros. Todo el mundo había conocido con ese número a los tenores, a los cerditos del famoso cuento y a las Marías.
También había oido eso de donde caben dos, caben tres...pero en ese caso sabía que tres eran multitud.
Recordaba los primeros besos furtivos sabiendo que se metía donde no tocaba, el juego prohibido, la manzana que no podía morder. El Adán menos una costilla, el jugar al escondito con los sentimientos, las iniciales miradas de complicidad.Todo aquello quedaba lejos, muy lejos.
Pegó un par de tragos a su gin tonic sabiendo que preferiria que fuesen dos, dos como lo eran Barbie y Ken, como Romeo y Julieta, como Marco Antonio y Cleopatra.
No podia cambiar la música de aquella fiesta, ni la marca de la ginebra que bebía. Tampoco el vestido rojo de la anfitriona,ni las luces de colores pero si que podía cambiar aquello que la atormentaba, ahora decidía si seguir en aquel juego de niños o viajar lejos. Si volver a añadir un cuño más en el pasaporte que compartía con aquel loco o simplemente extraviar ese visado para no encontrarlo jamás...
Recordó aquellas palabras: "El juego se llama seducción, quien se enamora pierde", palabras que ella misma había pronunciado cuando toda aquella historia no era más que eso, un juego.
Y entonces reparó en que tal vez había perdido casi sin darse cuenta, pero perdido en toda regla. Era de esos que pierden llegando los últimos con diferencia, los que pierden hasta la última ficha del casino, los que el azar y la suerte han borrado de su lista.
Tenía la decisión tomada, pero prefirio llevarla a acabo cuando los gin tonics que llevaba en el cuerpo hubiesen desaparecido por completo...

miércoles, 12 de octubre de 2011

no love.

Por octava vez en aquel año se había propuesto no volver a caer en los juegos del amor.
Aquella noche, en la que todo se alargó él acabó entre sus sábanas.
Después de un par de excesos, de una cena con demasiado alcohol, de una noche de luces rosas, y de un quinto sin ascensor estaba allí tumbada, y para variar se puso a pensar.
Pensó en sus amigas y en las veces que habían maldecido juntas al amor, en todas las noches que  delante de un gran tarro de helado de chocolate se había prometido que ningún hombre entraría en aquella cama que con los años se había quedado algo pequeña. Pensó en todos los hombres que desde que tenía uso de razón habían pasado por aquel quinto, y en las luces de todos los colores que esa habitación había visto proyectar.
Y mientras él le acariciaba el pelo ella sabía que él sabía que ella estaba pensando, decidió contarselo.
-Te enamorarás de mi, lo presiento...
Susurró esas palabras sin sospechar en ningún momento que aquel conjunto de vocablos enlazados y proyectados fonéticamente en un tono no demasiado elevado desmontaría una de las bases más fuertemente asentada e idealiza desde su infancia.
Él sonrio de una forma casi irónica:
+Dudo que me enamore de ti...eres perfecta, pero dudo que me enamore de ti.
Y fue entonces cuando después de haber compartido unas cuantas rondas de vodka limón, un mismo taxi, 74 escaleras de subida, un giro de llaves, una lluvia de tejido y una noche en la que volvieron a ser adolescentes con ganas de pasión descontrolada, él compartió algo mucho más importante.
Y compartió con ella su más guardado secreto, el amor no exitía. Sentir que una persona es más importante que el resto, necesitar su compañía y su tacto. Dibujar corazones con nombres dentro, mirar la pantalla del movil cada dos minutos. Echar de menos cuando no está a tu lado, pensar constantemente en las letras que forman su nombre, temer que te abandone por otro o que deje de pensar en ti, eso tenía según él otro sentimiento atribuido antes de amor. Amor cubría de una forma bonita y maquillada lo que realmente debería definirse como obsesión. Sí, esa es la palabra que el dijo de una forma contundente y rotunda, el amor no existe, se llama obsesión...
Y fue entonces cuando ella lo miró de forma desafiante y con un comentario algo vacio de contenido lo dejó como un completo ingenuo, pero sabía muy a su pesar que en esa cama ella era la única ingenua.

domingo, 2 de octubre de 2011

No feelings.

Como norma general las mujeres contemporáneas tendemos a aferrarnos a aquello que causará menos modificaciones en nuestro cuerpo.
Tenemos miedo a que la comida aumente nuestra talla de pantalón, a que nuestra piel se estríe, a que la ropa no entre con tanta facilidad como hace años y a que esos preciosos vaqueros de la 32 sean sólo un lejanísimo recuerdo.
Sabemos que si tomamos crema de cacahuete nuestro tejido adiposo crecerá considerablemente de tamaño y es cuando decidimos sustituirla por la margarina.
Cambiamos el chocolate por la soja, el queso por las barritas hipocalóricas, el helado por un cigarrillo, la tortilla por las ensaladas, los refrescos por el agua mineral. Cambiamos las palomitas por las acelgas, el turrón por el sésamo, el azúcar por la sacarina.
Y cuando se trata de sentir…hacemos algo parecido. Tenemos miedo  a que ese terrible protagonista de todas las historias, el señor Amor, experimente en nosotras demasiados cambios visibles, no tenemos miedo a que nos engorde o a que haga que nos salgan granos, tenemos miedo a que cause en nosotras cambios demasiado profundos, a que se apodere de nuestra mente y reduzca nuestra capacidad de pensar y discurrir con lucidez. Miedo a caer en un monotema, a llorar cuando las cosas no van bien, a dejar de ser inteligentes, a que nos salga sonrisa de tontas.
Y es entonces cuando cambiamos los ‘te quieros’ por el ‘¿el día bien?’. Cambiamos los besos por los crucigramas, las noches de amor desenfrenado por el hemicraneal, la pasión por la indiferencia. Evitamos las canciones de amor y las miradas fijas. Y somos capaces de decir adiós cuando deseamos que no se vaya nunca, somos capaces de decir aquello de ‘que seas feliz’ en lugar de ‘olvidémoslo y amémonos como la primera vez’.
Somos fuertes y valientes, ni engordamos, ni sentimos, ni dudamos…¿no?

martes, 6 de septiembre de 2011

cosas de 2.

Mirara donde mirase todo le hacía obtener la misma conclusión, la mayoría de mujeres precisaba de un hombre al lado para ser quienes eran.
Si no hubiese sido por un hombre que las complementase Blancanieves todavía seguiría con aquella podrida manzana en la mano  tumbada en esa impecable vitrina.
La Bella Durmiente no hubiese despetado de ese letargo propio de los homeotermos en periodos gélidos.
La Cenicienta continuaría limpiando suelos con aquel viejo cepillo y Caperucita hubiese terminado en el estómago de aquel lobo de no haber sido por aquel oportuno cazador, que evidentemente era hombre.
Julieta no hubiese sido famosa, y Olivia tendría que haber tirado a la basura todas esas latas de espinacas.
Rose hubiese caído por la borda de aquel gigante transatlántico de no ser por Jack, y Julia Robers continuaria siendo una prostituta en Sunset Boulevard.
Sabía que si no hubiese sido por el sexo masculino Imelda Marcos jamás podría haber comprado millares de aquellos caros pares de zapatos y Letizia Ortiz todavía sería periodista.
Pin no hubiera alcanzado la fama sin Pon, Minnie sería una triste rata de alcantarilla y la sirenita jamás hubiese conseguido ese ansiado par de piernas.
Y una vez más ella sentió que debía ser la excepción que confirmaba aquella inutil regla, había llegado a lo más alto y había sido capaz de mirar hacia abajo y contemplar todos los hombres que quedaron en su camino sin pooder alcanzar la cima a su mismo ritmo.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Luces rosas y mariposas.

Después de una larga cena con sobremesa incluída ellas me hicieron pensar en las luces rosas que alumbran nuestras vidas.
Aquella noche nos dimos cuenta de que vivimos obsesionadas en encontrar al hombe perfecto.
Pedimos que lea libros pero que no sea pedante, que tenga toques masculinos pero conservando algo de ternura. Queremos que tengan una abultada nómina sin dejar de ser humildes, que sean buenos padres, que no pierdan la pasión.
Queremos que sepan combinar el color de la camiseta con el del pantalón, que recuerden nuestro cumpleaños, la fecha de nuestro aniversario y el día en que nos besamos por primera vez.
 Pedimos que sepa cocinar y ya somos totalmente afortunadas si es capaz de separar la ropa en clara y oscura al hacer la colada. Nos encanta que no ronquen, que tengan los ojos claros y el pecho depilado. Que nos paguen la entrada al cine, que noten cuando vamos a la peluquería y que hagan deporte.
Y cuando lo encontramos experimentamos lo que decía aquella vieja canción de uno de mis vinilos preferidos, todo queda invadido por luces rosas y mariposas.
El escenario se apaga y los focos deciden qué papel celofán elegirá la ambientación del momento, siempre gana el rosa, por excelencia, es su momento. Es un pacto tácito entre el resto de colores que le permite invadirlo todo a ese tono pasteloso...Y mariposas, sí son mariposas el tipo de insecto que idílicamente recorre nuestro cuerpo.
Luces rosas y mariposas que indican que llegó el hombre que reune todas esas características.
Pero mientras la iluminación se encuentra en pleno apogeo, todo se llena de pequeñas criaturas voladoras, mientras se descorcha a lo lejos una botella de un caro champagne  nos emocionamos tanto que olvidamos hacernos una pregunta, algo secundaria al parecer...¿Será capaz de aprender a amarnos?
Tal vez la obviamos porque odiamos la respuesta...