Como norma general las mujeres contemporáneas tendemos a aferrarnos a aquello que causará menos modificaciones en nuestro cuerpo.
Tenemos miedo a que la comida aumente nuestra talla de pantalón, a que nuestra piel se estríe, a que la ropa no entre con tanta facilidad como hace años y a que esos preciosos vaqueros de la 32 sean sólo un lejanísimo recuerdo.
Sabemos que si tomamos crema de cacahuete nuestro tejido adiposo crecerá considerablemente de tamaño y es cuando decidimos sustituirla por la margarina.
Cambiamos el chocolate por la soja, el queso por las barritas hipocalóricas, el helado por un cigarrillo, la tortilla por las ensaladas, los refrescos por el agua mineral. Cambiamos las palomitas por las acelgas, el turrón por el sésamo, el azúcar por la sacarina.
Y cuando se trata de sentir…hacemos algo parecido. Tenemos miedo a que ese terrible protagonista de todas las historias, el señor Amor, experimente en nosotras demasiados cambios visibles, no tenemos miedo a que nos engorde o a que haga que nos salgan granos, tenemos miedo a que cause en nosotras cambios demasiado profundos, a que se apodere de nuestra mente y reduzca nuestra capacidad de pensar y discurrir con lucidez. Miedo a caer en un monotema, a llorar cuando las cosas no van bien, a dejar de ser inteligentes, a que nos salga sonrisa de tontas.
Y es entonces cuando cambiamos los ‘te quieros’ por el ‘¿el día bien?’. Cambiamos los besos por los crucigramas, las noches de amor desenfrenado por el hemicraneal, la pasión por la indiferencia. Evitamos las canciones de amor y las miradas fijas. Y somos capaces de decir adiós cuando deseamos que no se vaya nunca, somos capaces de decir aquello de ‘que seas feliz’ en lugar de ‘olvidémoslo y amémonos como la primera vez’.
Somos fuertes y valientes, ni engordamos, ni sentimos, ni dudamos…¿no?
¡larga vida a la crema de cacahuete! propósito para la semana: comprar un tarro y compartir emparedados con amigos y familiares
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