domingo, 20 de noviembre de 2011
sábado, 12 de noviembre de 2011
de mil piezas.
Ella lo sabía, casi por casualidad había descubierto el secreto...
No sabía si publicarlo o guardar ella también aquel protegido descubrimiento, era un secreto que sólo conocían las madres, y que solamente estaban capacitadas para desvelarlo cuando sus propias hijas fueran a serlo también.
Ahora ya sabía que cuando nacíamos todos y cada uno de nosotros esas, nuestras madre, nos hacían pasar por una especie de cinta transportadora similar a la de los supermercados que cada día veían pasar por su parte superior miles de productos alimenticios, y conforme avanzábamos iban metiendo en una caja que ponían a nuestro lado al inicio de esa cinta las cualidades, defectos, aptitudes y funciones que querrían que desempeñásemos a lo largo de nuestra vida.
Al inicio de esa cinta también elegían la caja que querían para nosotros. Habían cientos de cajas diferentes y dentro se movían sin demasiada cordinación una serie de pequeñas piezas que variaban en número...sí, el número también era algo que ella decidían. Había madres que escogían cajas de unas 100, como máximo 200 piezas y una vez que éstas fueran encajadas todo cobraría sentido en la vida de su pequeño. Otras que elegían piezas maleables, es decir, piezas que aunque no encajaran perfectamente y supiesen que esa no es la que verdaderamente están buscando harían un efecto similar en la estructura para así ahorrar una gran cantidad de trabajo. Todo eso podría compararse a un puzzle, puzzle sería la analogía perfecta.
Se podía elegir entre algunos con figuras claramente diferenciadas que facilitaban el montaje y otros con una gama de colores tan similar que difícilmente se podía discernir donde acababa uno y comenzaba otro.
Y cada uno tenía su particular puzzle, tapiz que se encargaba de montar inconscientemente a lo largo de los día.
Ella sabía que su madre había sido ambiciosa y le había asignado un puzzle complejo, de esos que rozan las mil piezas, casi para expertos.
Era un puzzle con piezas duras y las hendiduras en cada una de esas pequeñas teselas eran demasiado similares. Rara vez colocaba una ficha a golpe de ojo, y debía probar a solaparlas casi una por una, de ahí que desechara tantas veces piezas que parecían encajar perfectamente, pero eso era todo...parecían.
Había días en los que el puzzle se complicaba más de la cuenta y la luz se hacía insuficiente para diferenciar entre ellas las cientos de piezas que para colmo se encontraban en una misma gama de colores. Días en los que simplemente debía quedarse quieta, observar el tablero y no mover nada, era entonces cuando la pieza perfecta aparecía, pero el éxito del mismo consistía en aceptar el logro sin detenerse demasiado para seguir encajando piezas pero sin olvidar la grata sensación de satisfacción.
Todos, exactamente todos tenían puzzles, y la mayoría de madres habían colocado la ficha del amor en el centro del mismo. Era la pieza radial, el origen de todo.
Da igual si pierdes una pequeña porción de la parte inferior izquierda, pero en centro del puzzle, el centro es algo que no puede faltar.
Y por eso, durante todos estos años había procurado hacer lo que la mayoría, había estado buscando entre esas mil piezas la pieza central, la perfecta, la que encajara con las de su alrededor de forma milimétrica pero sin colocar todavía las mismas, error, grave error...
Sabía que de pequeña siempre había buscado primero las 4 esquinas, tarea fácil puesto que eran 4 fichas totalmente diferentes al resto con dos de las cuatro caras planas, y de ahí en sus puzzles de niñez esos que montaba de forma consciente, pasaba a la parte de los bordes. Sí, los bordes también se diferenciaban fácilmente puesto que eran distintas a la gran amalgama de piezas que constituían la parte central. Una vez formado el esqueleto exterior comenzaba a encajar piezas, siempre de fuera hacia dentro, creciendo en espirales, por capas rectangulares, siempre era el mismo proceso. Y cuando ya estaban todas colocadas, siempre quedaba una, la última pieza, de la última espiral, del último rectángulo que constituía el puzzle. La pieza del centro, la que completaba el dibujo y la que se colocaba con la mayor satisfacción del mundo. Era señal de satisfacción al haber finalizado algo con éxito y de dar inicio a algo que contemplar.
No era lo mismo dejarse para el final una esquina, que dejar para el final la piececita que tapaba justo el agujero central.
Y entonces se dio cuenta... cuando montabas el resto la pieza central se delataba sola, no tenías que buscarla hasta no haber montado y puesto en orden el resto porque probablemente no fuera la correcta y te dieses cuenta de ello mucho tiempo después, lo que rompería en mil pedazos la ilusión ya creada, y haría perder el ánimo por seguir buscando.
Sabía que debía montar el resto, y que cuando finalizase, solo quedaría una pieza, que en ese caso encajaría perfectamente, sin lugar a dudas.
No sabía si publicarlo o guardar ella también aquel protegido descubrimiento, era un secreto que sólo conocían las madres, y que solamente estaban capacitadas para desvelarlo cuando sus propias hijas fueran a serlo también.
Ahora ya sabía que cuando nacíamos todos y cada uno de nosotros esas, nuestras madre, nos hacían pasar por una especie de cinta transportadora similar a la de los supermercados que cada día veían pasar por su parte superior miles de productos alimenticios, y conforme avanzábamos iban metiendo en una caja que ponían a nuestro lado al inicio de esa cinta las cualidades, defectos, aptitudes y funciones que querrían que desempeñásemos a lo largo de nuestra vida.
Al inicio de esa cinta también elegían la caja que querían para nosotros. Habían cientos de cajas diferentes y dentro se movían sin demasiada cordinación una serie de pequeñas piezas que variaban en número...sí, el número también era algo que ella decidían. Había madres que escogían cajas de unas 100, como máximo 200 piezas y una vez que éstas fueran encajadas todo cobraría sentido en la vida de su pequeño. Otras que elegían piezas maleables, es decir, piezas que aunque no encajaran perfectamente y supiesen que esa no es la que verdaderamente están buscando harían un efecto similar en la estructura para así ahorrar una gran cantidad de trabajo. Todo eso podría compararse a un puzzle, puzzle sería la analogía perfecta.
Se podía elegir entre algunos con figuras claramente diferenciadas que facilitaban el montaje y otros con una gama de colores tan similar que difícilmente se podía discernir donde acababa uno y comenzaba otro.
Y cada uno tenía su particular puzzle, tapiz que se encargaba de montar inconscientemente a lo largo de los día.
Ella sabía que su madre había sido ambiciosa y le había asignado un puzzle complejo, de esos que rozan las mil piezas, casi para expertos.
Era un puzzle con piezas duras y las hendiduras en cada una de esas pequeñas teselas eran demasiado similares. Rara vez colocaba una ficha a golpe de ojo, y debía probar a solaparlas casi una por una, de ahí que desechara tantas veces piezas que parecían encajar perfectamente, pero eso era todo...parecían.
Había días en los que el puzzle se complicaba más de la cuenta y la luz se hacía insuficiente para diferenciar entre ellas las cientos de piezas que para colmo se encontraban en una misma gama de colores. Días en los que simplemente debía quedarse quieta, observar el tablero y no mover nada, era entonces cuando la pieza perfecta aparecía, pero el éxito del mismo consistía en aceptar el logro sin detenerse demasiado para seguir encajando piezas pero sin olvidar la grata sensación de satisfacción.
Todos, exactamente todos tenían puzzles, y la mayoría de madres habían colocado la ficha del amor en el centro del mismo. Era la pieza radial, el origen de todo.
Da igual si pierdes una pequeña porción de la parte inferior izquierda, pero en centro del puzzle, el centro es algo que no puede faltar.
Y por eso, durante todos estos años había procurado hacer lo que la mayoría, había estado buscando entre esas mil piezas la pieza central, la perfecta, la que encajara con las de su alrededor de forma milimétrica pero sin colocar todavía las mismas, error, grave error...
Sabía que de pequeña siempre había buscado primero las 4 esquinas, tarea fácil puesto que eran 4 fichas totalmente diferentes al resto con dos de las cuatro caras planas, y de ahí en sus puzzles de niñez esos que montaba de forma consciente, pasaba a la parte de los bordes. Sí, los bordes también se diferenciaban fácilmente puesto que eran distintas a la gran amalgama de piezas que constituían la parte central. Una vez formado el esqueleto exterior comenzaba a encajar piezas, siempre de fuera hacia dentro, creciendo en espirales, por capas rectangulares, siempre era el mismo proceso. Y cuando ya estaban todas colocadas, siempre quedaba una, la última pieza, de la última espiral, del último rectángulo que constituía el puzzle. La pieza del centro, la que completaba el dibujo y la que se colocaba con la mayor satisfacción del mundo. Era señal de satisfacción al haber finalizado algo con éxito y de dar inicio a algo que contemplar.
No era lo mismo dejarse para el final una esquina, que dejar para el final la piececita que tapaba justo el agujero central.
Y entonces se dio cuenta... cuando montabas el resto la pieza central se delataba sola, no tenías que buscarla hasta no haber montado y puesto en orden el resto porque probablemente no fuera la correcta y te dieses cuenta de ello mucho tiempo después, lo que rompería en mil pedazos la ilusión ya creada, y haría perder el ánimo por seguir buscando.
Sabía que debía montar el resto, y que cuando finalizase, solo quedaría una pieza, que en ese caso encajaría perfectamente, sin lugar a dudas.
martes, 1 de noviembre de 2011
un, deux, troix.
Aquella noche ni el maquillaje, ni su nuevo Louis Vuitton, ni aquella fiesta llena de luces rosas, que digo rosas, luces de todos los colores evitaron que se pusiese a pensar en lo de siempre.
Pensó entonces en ese número que desde hacía meses no se le iba de la cabeza, tres...
Reparó en los treses que había vivido en su historia y que le habían hecho realmente feliz.
Tres, eran esos los reyes magos. También eran tres los sobrinos del tio Gilito, las chicas venidas del cielo que trabajaban para Charlie. Los BeeGees y por supuesto los mosqueteros. Todo el mundo había conocido con ese número a los tenores, a los cerditos del famoso cuento y a las Marías.
También había oido eso de donde caben dos, caben tres...pero en ese caso sabía que tres eran multitud.
Recordaba los primeros besos furtivos sabiendo que se metía donde no tocaba, el juego prohibido, la manzana que no podía morder. El Adán menos una costilla, el jugar al escondito con los sentimientos, las iniciales miradas de complicidad.Todo aquello quedaba lejos, muy lejos.
Pegó un par de tragos a su gin tonic sabiendo que preferiria que fuesen dos, dos como lo eran Barbie y Ken, como Romeo y Julieta, como Marco Antonio y Cleopatra.
No podia cambiar la música de aquella fiesta, ni la marca de la ginebra que bebía. Tampoco el vestido rojo de la anfitriona,ni las luces de colores pero si que podía cambiar aquello que la atormentaba, ahora decidía si seguir en aquel juego de niños o viajar lejos. Si volver a añadir un cuño más en el pasaporte que compartía con aquel loco o simplemente extraviar ese visado para no encontrarlo jamás...
Recordó aquellas palabras: "El juego se llama seducción, quien se enamora pierde", palabras que ella misma había pronunciado cuando toda aquella historia no era más que eso, un juego.
Y entonces reparó en que tal vez había perdido casi sin darse cuenta, pero perdido en toda regla. Era de esos que pierden llegando los últimos con diferencia, los que pierden hasta la última ficha del casino, los que el azar y la suerte han borrado de su lista.
Tenía la decisión tomada, pero prefirio llevarla a acabo cuando los gin tonics que llevaba en el cuerpo hubiesen desaparecido por completo...
Pensó entonces en ese número que desde hacía meses no se le iba de la cabeza, tres...
Reparó en los treses que había vivido en su historia y que le habían hecho realmente feliz.
Tres, eran esos los reyes magos. También eran tres los sobrinos del tio Gilito, las chicas venidas del cielo que trabajaban para Charlie. Los BeeGees y por supuesto los mosqueteros. Todo el mundo había conocido con ese número a los tenores, a los cerditos del famoso cuento y a las Marías.
También había oido eso de donde caben dos, caben tres...pero en ese caso sabía que tres eran multitud.
Recordaba los primeros besos furtivos sabiendo que se metía donde no tocaba, el juego prohibido, la manzana que no podía morder. El Adán menos una costilla, el jugar al escondito con los sentimientos, las iniciales miradas de complicidad.Todo aquello quedaba lejos, muy lejos.
Pegó un par de tragos a su gin tonic sabiendo que preferiria que fuesen dos, dos como lo eran Barbie y Ken, como Romeo y Julieta, como Marco Antonio y Cleopatra.
No podia cambiar la música de aquella fiesta, ni la marca de la ginebra que bebía. Tampoco el vestido rojo de la anfitriona,ni las luces de colores pero si que podía cambiar aquello que la atormentaba, ahora decidía si seguir en aquel juego de niños o viajar lejos. Si volver a añadir un cuño más en el pasaporte que compartía con aquel loco o simplemente extraviar ese visado para no encontrarlo jamás...
Recordó aquellas palabras: "El juego se llama seducción, quien se enamora pierde", palabras que ella misma había pronunciado cuando toda aquella historia no era más que eso, un juego.
Y entonces reparó en que tal vez había perdido casi sin darse cuenta, pero perdido en toda regla. Era de esos que pierden llegando los últimos con diferencia, los que pierden hasta la última ficha del casino, los que el azar y la suerte han borrado de su lista.
Tenía la decisión tomada, pero prefirio llevarla a acabo cuando los gin tonics que llevaba en el cuerpo hubiesen desaparecido por completo...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)