Y cuando ya creía que su corazón, si es que seguía manteniendo aquel nombre, estaba totalmente muerto vivió una de esas noches, noches en las que sobra una mirada, una caricia, un suspiro, un pulso cardiaco ligeramente más acelerado, una sonrisa y poco más para desorganizar una vida.
Para poner la A donde la Z, y la Z donde la A. Para hacer que Domingo sea el primer día de la semana y Lunes el último.
Para convertir Febrero en verano y Agosto en otoño. Para hacer que el sol salga de noche, y la luna de día. Para que el limón sea dulce y el chocolate ácido. Para desordenar el planeta, cambiar las cordenadas, los meridianos, los puntos cardinales, las polaridades.
Noches en las que Júpiter cambia la posición a Mercurio, y en las que el sordo escucha a Mozzart mientras el ciego saca del bolsillo su monóculo para ver más de cerca el teatro en el que el mudo es protagonista de La Traviata.
Basta poco más que eso para poner poner una vida patas arriba y hacer que las nubes queden bajo los pies mientras los edificios cuelgan del techo.
Para que las venas conduzcan la sangre y las arterias la retornen.
Aquella noche se dio cuenta de que al verle sonreir su cuerpo quedaba invadido por una extraña sensación, ocultándose del resto, jugando al despiste.
Ya había desorganizado en gran parte su vida veces atrás y jamás había funcionado, ¿por qué esta tendría que ser diferente?.
Y fue cuanto Cobardía reprochó a Miedo que Dulzura estaba anulada por él, y sin más dilación Corazón volvió a bombear.